El Colegio Cervantes de la Plaza de la Compañía (1942-1973)

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El Colegio Cervantes (1933-2008). 75 años de Maristas en Córdoba Juan José Primo Jurado

Contenido

El edificio y su historia

“Como auténtica limosna se ocupan las dependencias de un célebre y monumental patronato”. Así describe Ibáñez la llegada del Cervantes a su nueva sede de la plaza de la Compañía. Eran momentos difíciles, se mezclaban las penurias económicas de la posguerra, con el traumático desalojo de Torres Cabrera. Sin embargo, la fe de los maristas y el nombre que su labor estaba adquiriendo en Córdoba, harían que esta etapa, en la que el colegio se ubicó en la plaza de Queipo de Llano (hoy de La Compañía), fuese la segunda más dilatada de toda su historia, solo superada por los treinta y cinco años que lleva en su actual y propia sede de la Fuensanta. Los treinta y un años en el inmueble de La Compañía verían pasar a cientos de alumnos por sus aulas y contemplarían la auténtica consolidación del Cervantes y su elevación al nivel de los mejores colegios de Córdoba.

En cualquier caso, lo primero que llamaba la atención en su traslado, era el apego de los maristas al centro de la ciudad, sin duda por la accesibilidad que así se podía ofertar a los alumnos. El edificio de la plaza de la Compañía estaba justo a espaldas de las Tendillas y casi a mitad de camino entre la primera ubicación, calle Barroso, y la segunda, calle Torres Cabrera. Sin embargo, dos aspectos diferenciaban a esta nueva sede: su monumentalidad y una larga tradición histórica vinculada a la enseñanza. Vamos a detenernos, precisamente, en estos dos puntos:

La historia de la inmensa casa se remonta a mediados del siglo XVI. Su propietario era el deán de la Santa Iglesia Catedral de Córdoba, Juan Fernández de Córdoba, tercer hijo del conde de Cabra, hombre de extraordinaria fortuna, generoso y de vida azarosa, que llegó a pretender el obispado de Córdoba (derrotado por Leopoldo de Austria, tío del Emperador Carlos V).

En 1540 vino a Córdoba el padre Juan de Ávila, guiándole el afán de remediar la falta de centros de educación para la infancia. Aunque sus gestiones no se concretaron en nada, dejó sembrada la semilla en la nobleza capitalina y, poco después, tanto Catalina Fernández de Córdoba, marquesa de Priego, como el ya citado Juan Fernández de Córdoba, brindaron casas y rentas a los primeros miembros de la recién creada Compañía de Jesús que llegaron a Córdoba, instalándose en una casa de la Judería y dedicándose a la atención de hospitales, predicación y a impartir el sacramento de la penitencia. Como quiera que los jesuitas desearan encontrar un amplio lugar para crear una iglesia y un colegio, el deán Juan Fernández de Córdoba les donó la suya en 1553, con la única condición de que estas escuelas fueran siempre públicas. El cabildo municipal ofreció unos 64.000 reales provenientes de las sobras del encabezamiento general de tercias y alcabalas. Sería el primer superior de los jesuitas Antonio Fernández de Córdoba (hijo de los condes de Feria y marqueses de Priego, por tanto hijo de doña Catalina) y el primer rector del colegio el padre Francisco Gómez. El colegio y la iglesia fueron puestos bajo la advocación de Santa Catalina, en honor de la santa patrona de la marquesa de Priego, benefactora de la fundación.

Nada quedaba del primitivo colegio de Santa Catalina cuando llegaron los maristas en 1942. Sí se conservaba, igual que en nuestros días, la iglesia, hoy denominada parroquia de San Salvador y Santo Domingo de Silos, uno de los ejemplares más interesantes del Manierismo en Andalucía, atribuible a Hernán Ruiz II, que terminó su construcción en 1567. Los hermanos maristas tuvieron una fuerte vinculación con esta parroquia, donde se celebraban las Primeras Comuniones y Confirmaciones del Colegio. Tres párrocos conocieron: José Torres Molina (1942-1950), Juan Jurado Ruiz (1950-1955) y Joaquín Canalejo (1955-1973). Con este último surgieron problemas al exigir el párroco que las Primeras Comuniones se hicieran mezcladas con las de los demás niños de la parroquia, sin ceremonia exclusiva para los del Cervantes. Los maristas acabarían trasladándolas a la Real Iglesia de San Pablo, dadas las excelentes relaciones que de siempre les habían unido con los Hijos del Corazón de María.

El colegio de Santa Catalina, según Juan Aranda, se convirtió desde su fundación en el más importante de la ciudad, acudiendo a él también los colegiales de Nuestra Señora de la Asunción y del Seminario de San Pelagio, centros controlados por los jesuitas. Tal sería el nivel del alumnado, que en 1576, el rector Gómez propondría al Ayuntamiento la creación de una Universidad, idea que se trasladaría al Rey Felipe II y que, a la postre, no cuajaría. La fama y número de matrícula se mantendría durante todo el siglo XVII y hasta mediados del XVIII, cuando los numerosos preceptores privados que desempeñaban su labor en nuestra ciudad, arrebatasen un importante sector del alumnado a Santa Catalina.

A finales del siglo XVII el estado del colegio, arquitectónicamente hablando, era ruinoso y el padre Gámiz acometió, más que una reforma, la construcción de uno nuevo, cuyo interior es el que ya conocieron los maristas y ha llegado a nuestros días. La construcción se comenzó en 1701 y su traza y dirección se atribuyen al lucentino Francisco Hurtado Izquierdo. Dos elementos merecen comentarse de la nueva construcción: el patio y la escalera. El patio, cerrado, de planta cuadrangular, con cuatro puertas (una daba a la escalera y otra, ya en época del Cervantes, a los servicios), dividido en dos plantas, con ventanales rectangulares decorados con frontones, alternando el frontón triangular y el curvo. Para todos los que correteamos, jugamos, hicimos gimnasia o formamos filas en este patio, tiene un sobrenombre: el patio rojo, por su característica pintura rojiza que destacaba sobre tonos ocres claros y en contraposición a otro que denominábamos el patio blanco. Cuando yo tenía ocho o nueve años y jugaba a policías y ladrones por el patio rojo, esquivando balones y chavales, aquel recinto me parecía enorme; cuando ya de mayor he vuelto, daba la sensación de que hubiera encogido y me parece mentira que tantos chavales cupiéramos en él. No en vano, en mis tiempos de escolar uno de los mejores premios que nos podía tocar con el sistema de émulos, era utilizar el patio en horas en que estuviese vacío.

Escaleras de las Reales Escuelas Pías

El otro elemento señero de esta reconstrucción del Setecientos es la escalera, una de las más hermosas del Barroco español, algo en lo que quizás no caíamos cuando en ordenadas filas la subíamos y la bajábamos cuatro veces al día, si estabas en una clase de la primera o segunda planta. Tomando la descripción que da Alberto Villar: “La escalera es de tipo imperial y está realizada en mármol negro con embutidos en rojo, blanco y verde; abre al corredor por tres arcos de medio punto, con un tiro central, rellano con ventanal sobre zaguán bajo, y dos hocinos o tramos -paralelos al anterior- que alcanzan el piso alto repitiendo la triple arquería. El espacio queda cubierto por una gran cúpula semiesférica sobre pechinas decorada con yeserías barrocas”. Cualquier alumno que subiese la escalera sabía que, al terminar, a mano derecha se encontraría con una clase y con la casa del capellán del Colegio, y a la izquierda, la ventanita de la Administración, donde el H. Tomás te vendía, con exquisita educación y pulcritud, desde libros a lápices y desde cuadernos a gomas de borrar; después venía un largo pasillo y un reloj de péndulo, bajo el cual más de uno se quedaba castigado a la salida.

Poco disfrutarían los jesuitas de estas nuevas instalaciones, porque el 2 de abril de 1767 se truncaba para siempre el futuro jesuítico del centro. Ese día, una pragmática de Carlos III ordenaba su expulsión de España. Los jesuitas de Santa Catalina fueron embarcados, de madrugada, en carruajes con destino a Cádiz, de donde partirían hacia los Estados Pontificios. Aunque los hijos de San Ignacio de Loyola volverían en el siglo XIX a Córdoba y hoy en día regenten una iglesia, San Hipólito, y un centro universitario, ETEA, su historia en Santa Catalina terminó en la madrugada de aquel 2 de abril. Incluso el nombre de la iglesia y del colegio se perderían, pero los cordobeses tributan su recuerdo a los 214 años de presencia de los jesuitas allí, conociendo a la parroquia y a la plaza como La Compañía.

Fin de una etapa, pero comienzo de otra. Iglesia y colegio serían rápidamente reocupados. El obispo de Córdoba, Baltasar Yusta Navarro, ordenó la unión de dos antiguas parroquias fernandinas, San Salvador y Santo Domingo de Silos, en la antigua de Santa Catalina, verificándose el traslado del Santísimo el 16 de diciembre de 1782. Con respecto al colegio, de nuevo surge la figura de un deán de la Catedral cordobesa, Francisco Javier Fernández de Córdoba, que adquirió al Rey el ex colegio el 3 de agosto de 1787, con el pensamiento de fundar unas escuelas gratuitas para niños pobres. Nacían así las Reales Escuelas Pías de la Inmaculada Concepción. Francisco Javier Fernández de Córdoba gastó en la reedificación y arreglo del edificio más de 300.000 reales y lo dotó con la finca del Rosal, camino de Santa María de Trassierra, y la creación de una escuela para niñas en el Pozanco de San Agustín. Las Escuelas abrieron sus puertas el 18 de agosto de 1791, siendo sus primeros maestros Felipe Golmayo y Julián Álvarez, que seguían el método de enseñanza de la Real Escuela de San Isidro de Madrid y del Real Sitio de San Ildefonso. Desde entonces hasta nuestros días, han seguido funcionando, estando gobernadas según voluntad de su fundador y con la exigencia de la gratuidad, por un patronato integrado por los canónigos de la Santa Iglesia Catedral de Córdoba que ocupasen los puestos de deán, magistral y doctoral (el mismo patronato del vecino colegio de Santa Victoria, creado en 1753 y que desde el 21 de junio de 1888 tiene concedida la gestión del centro a las madres escolapias).

Corredor en las Reales Escuelas Pías
Entre las reestructuraciones que se acometen para su reapertura en el verano de 1791 destacan las de la fachada exterior, en la que se mantienen los dos cuerpos con vanos de medio punto rebajado; sobresale la portada principal, con un ingreso formado por un arco convexo enmarcado por pilastras jónicas. En el piso superior se abre una amplia balconada que daba al salón de actos. Los planteamientos de esta reforma se han atribuido al francés Baltasar Dreveton, autor del colegio de Santa Victoria.

No habría más retoques arquitectónicos importantes. A este colegio, cargado de tradición e historia, llegaban los maristas en 1942. El recinto tenía tres puertas exteriores: la principal, que daba la plaza de la Compañía entonces denominada plaza de Queipo de Llano, era utilizada por los niños de las Escuelas Pías; la de la calle Santa Victoria era por donde entrarían y saldrían, al principio, los alumnos del Cervantes, mientras que una puerta de la calle Juan de Mena era la que daba acceso a las niñas de las Escuelas Pías. Con los años, el mayor volumen de alumnos del Cervantes, haría que la primera entrada se destinase para ellos mientras que los de las Escuelas Pías entrarían por Juan de Mena.

El Cervantes estrena sede provisional... para 31 años

El 1 de junio de 1942 se inician las obras de acondicionamiento de las aulas que el patronato alquila al Cervantes y, según consta en los Anales, el 14 de julio siguiente, a las 4 de la mañana, en camiones cedidos por la familia Cruz Conde, se inicia el traslado de muebles y material de enseñanza desde el palacio de Torres Cabrera a la nueva sede. La mudanza se prolongará hasta el 24 de dicho mes, en que el H. Ángel Martínez Gómez, director del Cervantes, hace entrega de las llaves que la comunidad poseía de la que había sido su vivienda y lugar de trabajo durante siete años, a Antonio Cruz Conde, hijo del propietario.

A finales de agosto de 1942 llega para hacerse cargo del puesto de director del colegio el H. Amador Ibáñez Alonso, partiendo el H. Ángel Martínez Gómez para el Colegio Nuestra Señora de la Victoria de Málaga. En septiembre, el Cervantes inicia su andadura en la nueva ubicación de la plaza de la Compañía, estando constituida la Comunidad por los siguientes hermanos:

Es de destacar que se suprime la clase de Párvulos, por falta de espacio, y la Elemental se desdobla en dos. Completaban el cuadro de profesores los seglares, Carlos Sánchez como profesor de Griego, Filosofía e Historia de 6º de Bachiller, el comandante José María Sánchez como profesor de Gimnasia y Adolfo Ruiz, profesor de Alemán.

Todo apuntaba a la provisionalidad del nuevo emplazamiento: la escasez de espacio concedido, la falta de luminosidad y exceso de humedad, el compartirlo con las Escuelas Pías, pero, sobre todo, la tirantez de relaciones con dos miembros del Patronato, el deán, Francisco Blanco Nájera y el magistral, Juan Eusebio Seco de Herrera, a la sazón director del Monte de Piedad y Caja de Ahorros de Córdoba. Esta tirantez, que se mantuvo durante todo el curso 1942/43, se debía a malos entendidos y al temor de los patronos de que los maristas quisieran perpetuar y ampliar su presencia en el viejo caserón de La Compañía, llegando aquéllos a ponerle a éstos un plazo tope de tres años para la ocupación de las aulas a ellos asignadas. De esta época son frases en los Anales tales como: “Quiera la Virgen Santísima de la Fuensanta, tocarlo (al magistral) con su mano suave para que las bases 2ª, 3ª, 5ª, 6ª y 7ª puedan mejorarse en provecho del Colegio”, o, tras la visita a las tumbas de los dos hermanos fallecidos en Córdoba, “... que habrán de interesarse porque nuestra obra en Córdoba no perezca ¡Quiera el santo H. Agliberto (nombre de profesión del H. Agapito García) que tanto sabe de nuestras necesidades, darnos la solución que mejor cuadre con la mayor gloria de Dios!”.

Para aumentar más las cuitas de los maristas, su protector, el doctoral Benjamín Salas Diestro era nombrado Abad-Párroco de Logroño y tenía que partir de Córdoba. El H. Amador Ibáñez acude a despedirlo a la estación y suyas son las palabras que recogen los Anales: “Pierde el colegio un comprensivo amigo que con sus consejos desinteresados venía orientándonos en el camino de nuestras relaciones con los Patronos, de quienes depende nuestra situación actual en Córdoba. ¡Quiera el Señor, que parece nos priva de todo apoyo humano, ser nuestra única esperanza! In te, Domine, speravi... Nisi Dominus aedificaverit”.

Tanto por buscar una solución definitiva, como por demostrar a los patronos su voluntad de ocupación temporal, el Cervantes, durante los cursos 1942/43, 1943/44 y 1944/45 seguirá buscando un emplazamiento. El Palacio Gelo; el antiguo Gobierno Civil, propiedad del marqués del Mérito, en la Avenida del Gran Capitán; un solar de la calle Cruz Conde que se vendía a 1.100 ptas. el metro cuadrado; un garaje frente a la Plaza de Toros de Los Tejares; los almacenes de carbón Carracedo, en la calle Reyes Católicos; un solar en los jardines de la Merced, frente a la Torre de la Malmuerta y la huerta del convento de los PP. Capuchinos, son posibles sedes que tantean los maristas en estos años. No se concreta nada, pero las dos últimas opciones, jardines de la Merced y huerta de los Capuchinos, son las que parecen tienen más posibilidades. En cualquier caso, las relaciones con los patronos se van suavizando, gracias a los continuos gestos de buena voluntad de los hermanos y a la buena marcha del colegio.

En octubre de 1943, y procedente de La Merced de Murcia, llega un nuevo director para el Cervantes, el H. Esteban Fermín Azpilicueta, pasando el H. Amador Ibáñez a dirigir el Escolasticado de Castilleja de la Cuesta. Los Anales, que a partir de entonces comienza a escribir el nuevo director, van reflejando la mejora de las relaciones con los patronos; así, cuando a mediados del curso 1944/45, fallezca el magistral Juan Eusebio Seco de Herrera, se escribirá: “Con él firmamos el contrato de arrendamiento del local que ocupamos y aunque de apariencia algo adusta, era bueno y afable y particularmente en el último año manifestó verdadera simpatía por nuestra obra. El Señor se lo haya recompensado”. En agosto de 1945, el deán Francisco Blanco Nájera será nombrado obispo de Orense y ya no quedarán en el patronato ninguno de los patronos con los que los maristas habían firmado el contrato inicial.

La dignidad de deán tardará mucho en ser ocupada, pues quedará vacante hasta abril de 1948 cuando sea nombrado José María Padilla Jiménez, pero las otras dos, cubiertas por oposición, lo serán pronto. La de magistral la ganará Félix Romero Mengíbar y la de doctoral Narciso Tibau. Particular alegría mostraron los hermanos por este nombramiento, al ser gran amigo de los maristas de Lérida y tener un carácter muy agradable: “Consideramos en lo que a nosotros afecta su nombramiento, como un favor de Dios y una protección más de la Virgen Santísima de la Fuensanta, a quien invocamos todos los días para que bendiga al Colegio y le busque solución al problema del local”.

Imagen del Colegio en la Plaza de la Compañía

La solución, ciertamente, iba a ser providencial. Un nuevo director se iba a hacer cargo del Cervantes a partir de septiembre de 1945, el H. Epifanio del Val Ruiz, procedente de La Inmaculada de Granada. En enero de 1946, la comunidad inicia una novena a la Virgen para solucionar el problema “casa”; novena que se repite a partir del 1 de febrero. Al día siguiente, el H. Epifanio del Val y el H. Matías Botet, subdirector, visitan a Félix Romero en su despacho de director del Monte de Piedad, con el fin de solicitarle un préstamo para la posible compra de la huerta de Capuchinos o del solar de los jardines de la Merced. El magistral los sorprenderá con la siguiente propuesta: “¿Entraría en los planes de ustedes el quedarse con la dirección de las Escuelas Pías y poder ampliar su Colegio con los locales que ahora ocupan los maestros?”. Los dos hermanos no salen de su asombro, mientras don Félix insiste en lo beneficioso que para ambas instituciones sería llegar a un acuerdo, en que los maristas pagarían el alquiler simplemente poniendo a los hermanos al frente de las aulas de las Escuelas del Patronato. La superioridad marista deberá ser consultada, pero ese 2 de febrero de 1946 puede ser considerado un día histórico para el Cervantes: “Gracias sean dadas a Dios Nuestro Señor y a la Santísima Virgen, por esta prometedora esperanza de disponer en fecha próxima de conveniente local para el Colegio, cosa tan deseada y buscada en Córdoba durante estos últimos años”, dicen los Anales.

Ese día finalizaban algo más de cinco años de incertidumbres y angustias, iniciadas en noviembre de 1940 con el anuncio del desalojo del palacio de Torres Cabrera. Se había cambiado de emplazamiento, se había buscado desesperadamente otro, y se conocieron momentos en que el Cervantes desconocía su futuro inmediato. Esta crisis de madurez de la Institución Marista en Córdoba había provocado que, de los veinte directores que el colegio ha tenido en sus setenta y cinco años de existencia, cinco, se sucedieran en este período de seis años. Ahora, el H. Epifanio prolongaría su dirección hasta 1951, cuando se llegaba a los cuatrocientos alumnos del Cervantes y doscientos cincuenta de las Escuelas Pías, con dieciocho hermanos y seis profesores seglares. Durante treinta y un años los hermanos sacarán el máximo partido al viejo caserón de La Compañía, para adecuarlo a gran colegio y casa de comunidad, volcando sus afanes en la educación y enseñanza, tanto de los alumnos gratuitos de las Escuelas Pías, como de los de pago del Cervantes.

La vida académica

Curso del año 1951-52

La vida académica fue similar en los años cuarenta, cincuenta y sesenta. El Cervantes ofertaba Primera y Segunda Enseñanza, aparte de servicio de media pensión, almuerzo y merienda. El ingreso al Colegio se hacía con 6 años y junto a la matrícula se debía presentar fe de bautismo extendida por el párroco y certificado de revacunación y de estar exento de enfermedad contagiosa. La Primera Enseñanza constaba de cuatro grados: Párvulos, Elemental, Grado Medio y Superior. Al finalizar el curso Superior, para acceder a la Segunda Enseñanza, se debía aprobar el Examen de Ingreso, razón por la cual, al último curso también se le llamaba Ingreso.


Con 10 años, si no se había repetido, se iniciaba la Segunda Enseñanza o Bachiller que constaba de siete cursos. Al finalizar 4º se podían interrumpir los estudios y, superando un examen estatal, Revalida de 4º, acceder a carreras de grado medio: Magisterio, Peritos, etc. Con 16 o 17 años se terminaba 7º de Bachiller y, si lo aprobaba, el alumno también debía aprobar, primero en Sevilla y años después en Córdoba, el Examen de Estado o Reválida para obtener el título de Bachiller y acceder a la Universidad. El 7º de Bachiller, o Curso Preuniversitario (el Preu) como se denominó desde mediados de los cincuenta, era un curso muy duro en que los maristas preparaban a conciencia a los alumnos, a base de obligarlos a memorizar enormes listas de fechas, lugares, nombres y acontecimientos: “... Y lo peor de todo era que te lo podían preguntar en aquel maldito examen. Don Teófilo (el H. Esteban Fermín) una y mil veces nos hacía estudiar aquellas listas y las preguntaba con frecuencia con tal machaconería que nos las incrustaba en nuestros lóbulos cerebrales”, recuerda Font de Dios. Y es que, tal y como se refleja en los Anales, uno de los anhelos de los hermanos era que el máximo número de alumnos presentados, superase la Reválida. La mayor parte de las veces, el resultado era positivo, pero cuando no lo era, como en julio de 1946, los maristas también lo reflejaban: “Malas noticias nos llegan en los primeros días de julio sobre el resultado de los exámenes de nuestros alumnos en la Universidad Hispalense. Tan sólo 2 de los 13 presentados aprueban el escrito y salen bachilleres. Dios quiera que esta lección sirva para rectificar deficiencias y estimular más al estudio a las sucesivas promociones”.

Curso de 4º en el año 1957 con el `Hermano Ignacio

Tiempos gloriosos y heroicos, tanto para alumnos como para profesores de Segunda Enseñanza, fueron los años cuarenta, cincuenta y sesenta, sobre todo si lo comparamos con las facilidades para el estudio y el bajo nivel de conocimientos actuales. Para hacernos una idea, tomemos los datos del final del curso 1948/49 que nos brinda en su obrita Eduardo Font de Dios: “Terminamos 7º aquel curso en Cervantes catorce alumnos. En Cultura Española unos veinte. En Salesianos treinta o cuarenta. En el Instituto otros tantos. En la Academia Espinar unos veinte. Entre los Institutos de Cabra y Peñarroya-Pueblonuevo, otros cuarenta y cinco. ¡Ciento sesenta, aproximadamente, en toda la provincia de Córdoba! Después de la criba de la Reválida, pudimos tener acceso a la Universidad, ese año, unos sesenta alumnos”. En el curso 1972/73, último del Cervantes en la plaza de la Compañía, los datos habían variado enormemente. El total de alumnos que terminaban lo que ya se denominaba Curso de Orientación Universitaria (COU) era de 501, sólo en los centros privados: San Francisco de Sales (212), El Carmen (80), Bética, de la Institución Teresiana (79), Cervantes (70) y La Salle (60). Gran variación de número que revela un cambio de tiempos, sin necesidad de entrar a valorar el cambio de mentalidad y actitudes de un bachiller de finales de los años cuarenta con uno de principios de los setenta.

El curso se iniciaba para la Primera Enseñanza a principios de septiembre y para la Segunda a principios de octubre, ambas terminaban a finales de junio, verificándose los exámenes de Ingreso y Reválida a principios de julio. Durante el verano y durante el tiempo que fijase la Dirección del colegio, se impartirían dos horas diarias de clase a los alumnos de Bachiller que hubieran quedado con alguna asignatura pendiente para septiembre. Las vacaciones escolares ya las reflejamos en un apartado anterior, digamos aquí que, semanalmente, había vacación, primero, el domingo y la tarde del jueves, luego el domingo y la tarde del miércoles (si eran festivos, los días previos inmediatos), cambiándose a mediados de los sesenta por los sábados. Las clases de Primera y Segunda Enseñanza tenían horario de mañana de 9 a 12’30 y, por la tarde, de 15 a 18 los de Primera Enseñanza y de 15 a 19 los del Bachiller. Había recreo de media hora por la mañana y otro por la tarde, efectuándose en varios turnos, para aprovechar mejor las capacidades de los dos patios.

Curso de 6º del año 1950

Las faltas de asistencia y de puntualidad se controlaban muy estrictamente y debían justificarse inmediatamente. Igualmente, las faltas de conducta se sancionaban, incluso con la expulsión. El profesor repartía su hora de clase en explicar, hacer ejercicios y preguntar la lección diariamente. Los exámenes fuertes eran los trimestrales y, por supuesto, los de Ingreso y Reválida. Semanalmente se informaba a los padres, a través de un Boletín de Notas, de la marcha académica (conocimientos, aplicación y conducta) de sus hijos, aunque con el tiempo quedaría el Boletín como mensual. Ciertamente la enseñanza era dura, pero pocos antiguos alumnos del Cervantes podemos encontrar que la critiquen con la perspectiva de los años y, en cualquier caso, los recreos, excursiones y días de vacación, se cogían con muchas más ganas que ahora.

El tema de los premios formaba parte, desde el principio, de la educación marista. Ya comentamos en la primera parte de nuestro trabajo el sistema de émulos, que acarreaba como premio algún que otro recreo extra. Cada mes, la entrega del Boletín de Notas, la efectuaban el tutor y el director y también caían premios: “Como olvidar el momento del reparto mensual de aquella cartulina acreditativa del cuadro de honor. Recuerdo el momento... el hermano Director, en este caso Epifanio del Val, entraba por las clases portando su vieja caja de carne de membrillo repleta de golosinas y lista para ser repartida entre los que merecían la barrita de regaliz, y para los del cuadro de honor había hasta caramelos y, por supuesto, el orgullo de ver su foto enmarcada”, escribía Julio Sánchez Luque en el número 5 de Eco Marista. El Cuadro de Honor consistía en que tu foto de carné figurase en un cuadro que, desde el curso 1957/58, mensualmente se exhibía en el vestíbulo de entrada del colegio y en la entrega de un pequeño diploma, para ello debías tener conducta y aplicación excelentes todas las semanas y sacar un promedio de notable, sin ningún suspenso. Dependiendo del número de cuadros de honor que hubieras obtenido en un curso y de tus resultados finales, tenías opción a diploma, medallas de bronce, plata u oro, o el gran premio, la cruz de oro; en ocasiones estos premios se acompañaban de algún regalo en material escolar. También se incluían diplomas y trofeos por deportes, asistencia y buena conducta. En la presidencia de la ceremonia de entrega de premios se situaban el hermano director, el gobernador civil, el delegado del Ministerio de Educación y algún personaje ilustre de Córdoba, vinculado al Colegio Cervantes. Al principio la entrega se realizaba a final de curso, de acuerdo a un programa similar a este de 1948 para la Enseñanza Primaria:

  1. Apertura.
  2. Reparto de Diplomas.
  3. Canto.
  4. Nombramiento del resultado de los Grados Preparatorio y Medio.
  5. Canto.
  6. Nombramiento del resultado de los Grados Elemental A y B.
  7. Reparto de premios.
  8. Himno Nacional.
Imagen de un escolar del curso 1951-52

Posteriormente, en los años cincuenta, al aumentar el número de alumnos, la entrega de premios se realizaba enmarcada en un gran acto cultural, a finales del primer trimestre, generalmente el día de la Inmaculada, que el Cervantes organizaba en el Gran Teatro o en el Cine Góngora. Este último espacio era cedido gratuitamente por su propietario, José Manuel Ramos García-Peña, antiguo alumno marista del Colegio Chamberí de Madrid, “para que las familias pudieran disfrutar de la justa gloria que les corresponde en el triunfo de sus hijos”. Las Escuelas Pías también realizaban actos similares, presididos por los patronos, generalmente en el salón de actos del colegio. Durante estas fiestas, siempre se organizaba una rifa para obtener dinero para obras de caridad (catequesis, Seminario, Noviciado, Proemigrantes, misión en Bolivia, capilla del colegio, Flores de Martirio y otras obras piadosas). Este fue el programa de la entrega de premios del 8 de diciembre de 1960 en el Góngora:

  1. Palabras de un alumno.
  2. Actuación del Orfeón.
  3. Palabras del H. Director.
  4. Reparto de Premios.
  5. Película.

Ese año de 1960 fue el primero que se exhibió una película al terminar la entrega de premios, cuando hasta entonces se representaba una obra de teatro. El H. Carlos Rubio, por entonces en Cervantes, nos cuenta que el film que se proyectó fue el titulado Un ángel pasó por Brooklyn, tercer trabajo entre el director húngaro con nacionalidad española Ladislao Vajda y el niño Pablito Calvo.

Para finalizar, hagamos una referencia a los honorarios de los alumnos, que el Cervantes cobraba, y a la evolución de su matrícula:


Comparación mensualidades a abonar por los alumnos del Cervantes
Grado 1948/49 1962/63
Inicial 40 ptas. 250 ptas.
Elemental 50 ptas. 275 ptas.
Medio 55 ptas. 300 ptas.
Ingreso 60 ptas. 325 ptas.
1º Bachillerato 70 ptas. 375 ptas.
2º Bachillerato 75 ptas. 375 ptas.
3º Bachillerato 80 ptas. 375 ptas.
4º Bachillerato 85 ptas. 475 ptas.
5º Bachillerato 90 ptas. 475 ptas.
6º Bachillerato 100 ptas. 500 ptas.
7º ó Preu 130 ptas. 600 ptas.


Evolución alumnos matriculados en el Cervantes
Grado 1963/64 1967/68 1971/72
Preuniversitario 27 44 -
5º y 6º Bachiller 80 90 140
Bachiller Elemental 337 389 220
1ª Enseñanza 372 438 735
Total 816 961 1.095


Las actividades extraescolares

Imagen de primera comunión del año 1952

Las actividades extraescolares tuvieron siempre gran importancia en el Cervantes. Desde los recreos “extras” para los triunfadores de los émulos, a las excursiones campestres; desde las actividades deportivas a las veladas y concursos literarios del Día del Libro y de Miguel de Cervantes; y desde las veladas lírico-musicales en honor de Marcelino Champagnat a cualquier acto religioso presidido por los sucesivos capellanes del Colegio (Juan Antonio Lozano, José Vallepuga, los padres Roldán y Carrillo de Albornoz SJ, Leandro Fanlo CMF, José María Bolívar CMF, Antonio Gil y Valeriano Orden) o párrocos de La Compañía (José Torres, Juan Jurado y Joaquín Canalejo).

Pongamos un ejemplo de velada en honor de Marcelino Champagnat, que en 1948 se vinculó a la Asunción de la Virgen María, dogma por el cual postulaba España, y que fue concedido dos años después por el Papa Pío XII, acto al que también solemnizarían los maristas:

  1. Palabras de presentación.
  2. Conferencia: La Asunción en España, por don Narciso Tibau.
  3. Canto Quiero Madres (4 voces).
  4. Estampa lírica en honor de la muerte y Asunción de Nuestra Señora (alumnos).
  5. Canto Assumpta est María.
  6. Corona poética, por el hermano subdirector.
  7. Canto rítmico por alumnos pequeños.
  8. Al Instituto Marista, por R. S. Contreras.
  9. Canto regional.
  10. Palabras finales.
  11. Himno al Venerable Fundador.

Particular solemnidad y preparación tuvieron los actos en honor de la Beatificación de Marcelino Champagnat. Sucedida ésta el 29 de mayo de 1955, se proclamó Año Champagnat el curso 1955/56. La iglesia de la Compañía, con su retablo decorado con un enorme lienzo que representaba al nuevo Beato ante la Virgen María, albergó un Triduo Sacro del 16 al 18 de febrero de 1956, que celebraron José Vallepuga (capellán del Cervantes), Joaquín Canalejo (párroco de La Compañía) y José María Padilla (deán de la Catedral). En él predicaron el flamante magistral, Juan Jurado Ruiz, que habló de Marcelino como educador y del papel de la Virgen; el doctoral, Narciso Tibau, que estudió al Beato como hombre; y el obispo, fray Albino González, que desarrolló el tema de Champagnat como Santo.

Ocasionalmente, y con motivo de alguna festividad, los hermanos llevaban a los alumnos a algún pase cinematográfico matinal, bien en el cine Góngora, en el Gran Teatro o en el hoy desaparecido cine Duque de Rivas.

Las excursiones campestres siempre eran tema grato para los hermanos maristas y donde desarrollaban ampliamente su pedagogía de la presencia. Y, claro está, mucho más grato era aún, para los alumnos participantes. La Fuente de la Raja (por la Carrera del Caballo), los Baños de Popea en Trassierra, Cerro Muriano, Obejo, el Puente de Hierro también conocido como La Palomera pasando el barrio del Naranjo, el Cañito Bazán, las Ermitas, Almodóvar o el Castillo de Maimón, eran los lugares habituales para llevar a los chavales. Unas veces andando, otras en tren (Cerro Muriano y Almodóvar) y otras en autobús (Obejo), las excursiones eran cuidadosamente preparadas y quedaban reflejadas en los recuerdos de los Anales, como ésta a Cerro Muriano el 7 de junio de 1941, con 120 alumnos: “Junto a la fuente del pueblo acampó el grupo expedicionario y con buen apetito y excelente humor se vaciaron las fiambreras y botellas que algunos disimuladamente llevaron. La tarde transcurrió en el tobogán de las Arenillas y colinas vecinas. Finalizada la tarde se organizaron algunas compañías de Lope de Rueda que divirtieron a la concurrencia. Como acto final fue la iglesia del pueblo que nos abrió sus puertas para rezar el Santo Rosario y dar gracias por el buen día pasado sin percance alguno”.

Cualquier antiguo alumno del Cervantes podrá recordar estas excursiones, en las que, a medida que avanzaban los años, se iban perdiendo detalles como el rezo del Rosario, pero otros permanecían inmutables como la algarabía infantil, los partidillos de fútbol, los juegos, los pequeños accidentes, la belleza de la sierra cordobesa, el buen sabor del bocadillo... y la eterna presencia del sonriente hermano, tan serio en clase, ahora dispuesto lo mismo a jugar que a comer, que a contar chistes, con sus alumnos. Por poner un recuerdo de un antiguo alumno, recurramos de nuevo a Eduardo Font cuando, cincuenta años después, rememora una excursión a Almodóvar en mayo de 1945, estando en 3º de Bachiller: “Visitamos el castillo durante la mañana y posteriormente nos encaminamos al pantano de la Breña, donde consumimos la merienda que nos habían preparado en casa. Para beber agua teníamos que descender a la base de la presa, por una interminable fila de escalones. Cuando conseguíamos llegar a arriba de nuevo, la sed volvía a estar presente. Luego, hasta nuestro regreso a Córdoba en tren, nos fuimos al río Guadalquivir, donde pasamos a la otra orilla en una enorme barcaza que se deslizaba por la superficie impulsada por una maroma que atravesaba el río. Volvía a pasar sed y no tuve ningún reparo en beber agua de la corriente del Guadalquivir. Me imagino que aquel día a mi madre se le fue la mano de sal en la tortilla de patatas o quizás me puso jamón como algo extraordinario”.

Cuando se instaura el Preu, se inicia la práctica de los Viajes Fin de Estudios, que solían realizarse durante el tercer trimestre. Del primero que tenemos noticia a través de las Actas del Consejo Local es el del curso 1959/60, que tuvo como destino Madrid y alrededores. El del curso 1964/65 ya contemplaba fines más lúdicos y menos culturales, pues el objetivo escogido fue Mallorca.

Los deportes también gozaron desde un principio de gran importancia en el Cervantes. Los patios del colegio de La Compañía permitieron desarrollar la práctica del baloncesto y voleibol, deporte el primero en el que siempre destacó el Cervantes en las competiciones entre centros educativos provinciales y regionales. El deporte de la canasta comenzó a practicarse de una manera organizada en 1941 con motivo de la participación de Cervantes en el primer campeonato provincial escolar del que se tiene constancia. El combinado de los maristas compartió liga con Cultura Española, Instituto Góngora, Cuartel Central y Academia Hispana. Venció Cultura Española, que fue el centro que introdujo el baloncesto en Córdoba en 1936, por delante del Cervantes. Los títulos tardaron en llegar a las vitrinas del Cervantes. No fue hasta 1956 cuando llegó la primera celebración al vencer el conjunto senior la final de la liga provincial a costa del Rayo OJE (28-12). En aquella época la liga senior era la competición más importante en la que participaban los combinados de la época. La primera liga de categorías base conquistada por Cervantes llegó en 1958.

En los años sesenta el Cervantes acudía con frecuencia para utilizar las magníficas pistas del Polideportivo de la Juventud, recién construido en el Sector Sur. Ajedrez y ping-pong eran otros deportes que desde los años 40 pudieron practicar los alumnos. El fútbol, el deporte rey en España, sufría el problema de la limitación del espacio: el patio rojo era una zona de “alta densidad” de balones en los recreos y pillarlo sólo era un bien tremendamente preciado; por ello, para las competiciones, el Cervantes recurría a los estadios de América, de las Electromecánicas o el Enrique Puga en el Marrubial.

Desde 1955, el problema del espacio se vio aliviado con la compra por los maristas de un solar en el Brillante, con vistas a futura sede del colegio con internado pero que en el interim se adaptó para crear varios campos pequeños de fútbol. Allí iban los alumnos los jueves por la tarde y los domingos por la mañana a jugar y a soñar con emular a aquellos ídolos que sólo les eran conocidos por los cromos, primero, y por las retransmisiones televisivas dominicales después. Por cierto, que el H. Carlos Rubio nos brinda el preciso dato de que el primer aparato de televisión llegó a la comunidad marista cordobesa en 1963.

No puedo, en este punto, dejar de contar mi propia experiencia. En 1969, a mi clase de 3º de Primera Enseñanza, se la dividió en cuatro equipos a los cuales se les entregó la equipación deportiva correspondiente: a uno la del Real Madrid, a otro del Atlético de Bilbao, a otro del CF Barcelona y al mío, la camiseta amarilla y el pantalón azul de la UD Las Palmas, un equipo modesto que por entonces se codeaba con los grandes. La ilusión infantil fue tal que, aún hoy en día, mantengo mi absoluta fidelidad al equipo canario, a pesar de las malas rachas que ha pasado desde entonces.

La gimnasia también ocupó un lugar en las asignaturas, pero si la citamos entre las actividades extraescolares es por las demostraciones de gimnasia e instrucción premilitar que el Frente de Juventudes organizaba en la Plaza de Toros durante los años cuarenta y a las que Cervantes asistía. Citemos, para ilustrar este hecho, la sin par pluma del H. Amador Ibáñez cuando recoge en los Anales la demostración del 21 de enero de 1943: “Es llevada a cabo por los colegios de Cultura Española y Cervantes. Allí se aprecia de visu la buena categoría de alumnos que ellos poseen, y lo mejor disciplinados que los tienen. Hacen alarde del número y llevan hasta los de Ingreso; y van todos los hermanos (il faudra épater) hasta el administrador y el que hace las compras. En los ejercicios queda Cervantes a la altura, y hasta ejercicio hay, que solo Cervantes puede desarrollar”.

Desde mediados de los cuarenta, buscando uniformidad y para evitar las diferencias de calidad en las prendas deportivas entre los alumnos, el Cervantes hizo obligatoria para las clases de Educación Física y las competiciones con otros colegios, la camiseta roja con vueltas blancas y el escudo del centro, que desde entonces hasta nuestros días han llevado cientos de alumnos. Los colores rojiblancos del Cervantes se harían tan conocidos en las competiciones deportivas de Córdoba como los verdes de Cultura Española o La Salle, los azules de San Francisco de Sales (salesianos) o los aurinegros de Virgen del Carmen (carmelitas).

Tres actividades culturales/deportivas podemos añadir a todo lo escrito hasta ahora. Desde los años sesenta se inicia en el Cervantes la práctica de los campamentos de verano, para alumnos y con alumnos mayores y algún hermano como monitores, que, consolidado en los setenta y ochenta, se mantiene hasta nuestros días, teniendo como destinos tradicionales el Puerto de Santa María y Sabinillas, cerca de Estepona o Villa Onuba, en la Sierra de Huelva. En Villa Onuba, además, los hermanos siempre pasaban veinte días de retiro.

En el curso 1966/67, un equipo del Cervantes, dirigido por el H. Maurino Ortega González, participó con éxito en el concurso deportivo-cultural Cesta y puntos, que a escala nacional organizaba Televisión Española, presentado por Daniel Vindel. Y desde 1971, y de la mano de los HH. Eufrasio y Juan Larios, se creó en el Colegio una sección del movimiento Scout.

Imagen de la campaña del Domund del año 1952

{p|Finalmente, decir, que aunque la Acción Católica en el Colegio Cervantes terminó desapareciendo al final de los años sesenta, otras actividades benéficas surgieron para los alumnos del colegio, siendo la principal la Campaña de Navidad, organizada por Cáritas Diocesana desde principios de los sesenta, y que recogía tanto donativos en metálico como ropa usada. El Día del Hambre (1 de febrero), el Domund, la misión marista en Bolivia, o cuestaciones ocasionales para paliar los daños provocados por las inundaciones, lo mismo en Sevilla que en la India, eran otros momentos del curso para comprometer la generosidad de los alumnos y sus familias.}}

Las relaciones externas

Es norma de la Institución Marista tratar de mantener siempre correctísimas relaciones con el resto de los colegios, con las autoridades civiles y eclesiásticas de la ciudad y con cuantas personas pudieran ser sus benefactores en un momento dado. Igualmente, los hermanos eran tremendamente agradecidos con quienes les mostraban favor.

Así, los hermanos tendrán continuos gestos de buena voluntad con los miembros del Patronato “Deán Francisco Javier Fernández de Córdoba”; con los párrocos de La Compañía, cuya colaboración era tan necesaria tanto para los actos del colegio como para la vida religiosa de la comunidad; realizarán visitas para felicitar la onomástica y presentar nuevo director a los sucesivos obispos de Córdoba, Adolfo Pérez Muñoz (1920-1945), fray Albino González Menéndez-Reigada (1946-1958), Manuel Fernández-Conde y García del Rebollar (1959-1970), el vicario capitular y canónigo magistral Juan Jurado Ruiz (1970-1972) y José María Cirarda Lachiondo (1972-1978). Igualmente para presentar a nuevos directores del Cervantes se visitará siempre al gobernador civil (Vignote y Vignote, Macián Pérez, Risueño Catalán, Ortí Meléndez-Valdés, Revuelta, Barquero y Barquero, Mateu de Ros, Landín Carrasco, Pelayo Ros, Gutiérrez Rubio, Hernández Sánchez, Mariano Nicolás, Pérez Beneyto, Herrera, Ansuátegui y Esteban Mompeán, sucesivamente).

Vecina del Cervantes, pues su sede canónica se situaba en la parroquia de la Compañía, era la Hermandad del Santo Sepulcro; antiquísima cofradía penitencial, desde 1820 y hasta 1966 procesión oficial de la Semana Santa cordobesa. En su estación de penitencia del Viernes Santo, la acompañaban la Virgen de los Dolores, representaciones de las demás cofradías y las autoridades civiles, religiosas y militares. Desde 1953, también el Colegio Cervantes figuró en el cortejo procesional, al formarse con alumnos de este centro y bajo la dirección del H. Pedro Lacheta Reta, la Escolanía del Santo Sepulcro. Vestidos con túnica negra y roquete rojo, acompañaban Cristo muerto cantando motetes. La Escolanía mantuvo su actividad y presencia hasta 1965, último año que realizó la estación de penitencia.

Los Anales recogen la asistencia, el 25 de agosto de 1941, al acto de salida del nuevo diario Córdoba: “Tiempo hacía que esa necesidad de un rotativo de estas dimensiones se echaba de menos en la sultana de Andalucía. A la inauguración, invitados por el director del diario, asistió una representación del Colegio”.

En el terreno educativo asistían a la inauguración del curso escolar en el Instituto de Bachillerato de la ciudad y mantenían muy estrechas relaciones con otras órdenes relacionadas con la enseñanza, como jesuitas, salesianos y hermanos de las Escuelas Cristianas. Los primeros mantuvieron una intensa asistencia espiritual a los alumnos del Cervantes (Congregaciones Marianas, Ejercicios Espirituales) y éste no dudó en acudir a cuantos actos se organizaban en San Hipólito (Centenario fundacional, fiesta de San Estanislao, etc.), destacando en la relación los jesuitas padre Roldán y padre Fernández Cuenca.

Los salesianos llevaban en Córdoba desde 1901 con una labor educativa y popular tremendamente apreciada por los cordobeses, que llenaban de hasta novecientos niños en los años cuarenta las aulas del San Francisco de Sales; su sencillez sirvió para que los maristas conectaran muy bien con ellos, tanto al nivel de alumnos como de comunidades, gozando siempre para el Cervantes de gran prestigio por su veteranía. Los Anales recogen multitud de actos en que ambas comunidades se invitaban mutuamente (Fiesta de San José, Velada de la Inmaculada, Fiesta de María Auxiliadora, etc.) y cómo se ponían de acuerdo en temas del discurrir de la enseñanza. Si hubiera que recoger algún momento de esta relación, me quedaría, por lo simpático y testimonial de una época de tremenda familiaridad, con la descripción del H. Amador Ibáñez de la asistencia a la Fiesta de María Auxiliadora en mayo de 1943: “Por la mañana, algunos hermanos van a la velada recreativa, y por la tarde al Te Deum. Al siguiente día celebran su fiesta patronal, María Auxiliadora; invitan al fraternal ágape a miembros de varias comunidades: jesuitas, hermanos de las EE. CC., Sr. Magistral, hermanos maristas, etc. Asiste el H. Administrador, H. Marcos (H. Baltasar Revilla), que vuelve encantado de la fraternal acogida. Pocos días después, el Rvdo. P. Director de los Salesianos (Francisco de la Hoz), obsequia a la comunidad con un saquito de 50 kilos de patatas, primicias de su rica huerta, que en estos tiempos de racionamiento vienen como anillo al dedo”.

Durante muchos años, el mayor referente y la más estrecha relación para Cervantes fue Cultura Española, no en balde maristas y lasalianos tenían afinidades ideológicas, ambos colegios se habían fundado en 1933 y durante muchos años iban a estar próximos, geográficamente hablando, pues Cultura Española se ubicó en la esquina de la calle Barroso con la plaza de San Juan, hasta el curso 1953/54, cuando se trasladó a las faldas de la sierra cordobesa abriendo su magnífico colegio-internado bautizado como La Salle. Los Anales recogen las visitas de cortesía que se intercambiaban ambas comunidades de hermanos y reflejan el grado de amistad que existía, sobre todo en los años cuarenta y cincuenta. Otra cosa eran las competiciones deportivas, que los alumnos convertían en el momento de mayor “choque” entre ambos centros; el “pique” alcanzaba incluso terrenos espirituales y así nos lo narra Font de Dios: “Los alumnos de Cultura, nos echaban en cara que nuestro fundador sólo era venerable, mientras que el de ellos ya era santo. Cuando se lo contábamos a nuestros profesores siempre decían que tan solo dependía de un milagro que hiciese nuestro fundador, hecho que llevaban esperando varios años, para que pudiese subir también a los altares, y que entonces... ¡ya veríamos!”.

Otro tipo de relación se tenía con el vecino durante los treinta y un años del Cervantes en La Compañía: el centenario Colegio Santa Victoria. Al ser un centro íntegramente femenino y llevado por una orden femenina, los hermanos maristas apenas tenían relación con él que no fuera la estrictamente oficial. Sin embargo, cualquier alumno que haya estudiado en Cervantes podría contarnos cómo eran aquellas chicas uniformadas en verde, con falda de cuadros plisada, y que para más de dos y de tres fueron sus amores adolescentes: “Mientras tanto, a nuestras vecinitas de enfrente del Colegio de Santa Victoria, de las Reverendas Madres Escolapias ni las veíamos. Ya se encargaban éstas de ponerles un horario de entradas y salidas incompatible con el nuestro. Nunca coincidíamos, salvo cuando nosotros las esperábamos en la calle Jesús María, junto al Cine Góngora, antes de entrar ellas a clase, cosa que hacían un cuarto de hora antes que nosotros. Entonces se aflojaban los cinturones que hasta ese momento habían llevado ceñidos a su cintura ante nosotros. Las monjitas les tenían prohibido que lo llevasen ajustado, ya que, eso podía ser causa de que sus vecinos, enemigos de su pureza, pudieran atentar contra la suya teniendo pecados de pensamiento”, recuerda Eduardo Font.

Fruto de la buena relación que existía entre los colegios, la Asociación de Maestros Católicos de Córdoba, con el apoyo de la Delegación del SEM y la Inspección Provincial de Primera Enseñanza, organizó del 4 al 7 de marzo de 1943, una Semana Pedagógica. La inauguración tuvo lugar en la parroquia de San Nicolás y las conferencias, en el salón de actos de la Diputación, lugar donde amenizaron la Semana las actuaciones musicales de las niñas del Colegio de La Milagrosa. En las conferencias participaron las Teresianas, por medio de la inspectora guipuzcoana Josefina Oloriz; los HH. de las EE. CC. enviaron al H. Andrés Embid, director y profesor de 7º de Bachiller; por los salesianos intervino su director, Francisco de la Hoz; así como personalidades como el deán, Francisco Blanco Nájera; el consiliario de la Asociación Paulino Seco de Herrera (también párroco de San Nicolás); la consejera nacional Josefina Álvarez de Cánovas; el inspector jefe de Jaén, Agustín Serrano de Haro; el gobernador civil, Ramón Risueño; y Alfonso Iniesta, consejero nacional de Educación e inspector central de Primera Enseñanza. Los maristas estuvieron presentes en todos los actos, pronunciando el H. Amador Ibáñez la conferencia Fundamentos de la Pedagogía Marista. El diario Córdoba del 7 de marzo de 1943 recogía la siguiente noticia: “Continúan celebrándose en nuestra capital las conferencias pedagógicas para maestros, con entusiasmo creciente dada la calidad de los oradores que en las mismas intervienen. En el día de ayer, disertó sobre el tema Fundamentos de la Pedagogía Marista, el hermano Amador Ibáñez, director del Colegio Cervantes. El conferenciante hizo un estudio acabado de los puntos fundamentales y de los sabios consejos que su santo fundador dio a sus hijos los hermanos maristas. Fue muy aplaudido”.

Los hermanos maristas de este período

Un total de doscientos hermanos maristas pasaron por Cervantes en los años que el Colegio estuvo en la Plaza de la Compañía. Resulta difícil enumerarlos a todos, pero vamos a tratar aquí de citar algunos nombres y acercarnos a cómo eran aquellos hermanos, que componían la casi totalidad del cuerpo docente de Cervantes, pues no existía aún la necesidad de un numeroso profesorado seglar.

Siete directores pasaron por el colegio en los treinta y un años de estancia en la antigua plaza de Queipo de Llano, número 4. El H. Amador Ibáñez Alonso fue el único que repitió dirección, 1942-1943 y 1951-1957; su carácter era tremendamente vital, simpático, recto pero a la vez tan sencillo como para cuidar personalmente las macetillas de claveles que adornaban su despacho; era un providencialista nato y un enamorado de la Virgen, como se desprende de los pasajes que escribió en los Anales y reuniones del Consejo Local, algunos de los cuales ya hemos citado, pero otros no, como éstos: “Conforme a los deseos de don Juan Jurado, cura párroco de la Compañía, se invita a los alumnos a la procesión que en torno a los límites de la parroquia, habrá de tenerse con la recién bendita imagen de la Virgen de Fátima, que será cual arca de la alianza en torno a Jericó, derribo de las murallas de la frialdad religiosa” y “Para llevar al ánimo y corazón de los alumnos un mayor entusiasmo y más encendido amor a la que es madre de toda pureza, se trata de organizar un variado concurso en honra de la Inmaculada”; el H. Amador ha fallecido, octogenario, en 1996 en Segorbe (Castellón).

El H. Esteban Fermín Azpilicueta sólo estuvo de director de 1943 a 1945. Le sucedió el H. Epifanio del Val Ruiz, conocido por su nombre de profesión como H. Bienvenido, que ocupó la dirección de Cervantes de 1945 a 1950, en cuya época se llegó al acuerdo con el patronato de las Escuelas Pías para hacerse cargo de éstas a cambio de utilizar el antiguo Colegio de Santa Catalina sin plazo de tiempo; así mismo, bajo su dirección se adquirió para noviciado el Castillo de Maimón.

Tras el segundo período del H. Amador, llegó a la dirección el H. Victoriano Ruiz Jordiz, bautizado por sus contemporáneos como El Santo, por su extrema espiritualidad y sencillez, y que ocupó el cargo de 1957 a 1963; posteriormente marcharía a Bolivia, misión marista dependiente de la provincia Bética, donde permanecería hasta su llegada a la residencia de Benalmádena, donde fallecería en 1993; la Asociación de AA. AA., de la que fue asesor y colaborador le dedicó, en 1978, una placa de mármol con su nombre, a la entrada de una de las clases de los alumnos mayores.

La humanidad y el cariño hacia los alumnos definen al H. Ananías Llanillo García, profesor en una primera etapa en los años cincuenta y director, en una segunda, de 1963 a 1969, cuyo nombre de profesión era H. Euquerio; falleció en Sevilla en 1993.

Breve fue el paso por la dirección del H. Ángel Sáez Ruiz (1969-1970). Y, por fin, el último director que conoció el Colegio Cervantes en su sede del antiguo Colegio de Santa Catalina, el H. Emilio González Román (1970-1976), a quien le cupo el honor de inaugurar en 1973 la nueva ubicación del centro en la Avenida de la Fuensanta y de recibir, en 1972, la primera insignia de oro de la Asociación de AA. AA.

A todos los directores les tenían los alumnos un extraordinario respeto (¿Quién no recuerda el interrumpir la clase, ponerse de pie y saludar al hermano director si este hacía una visita al aula?), algo común, por otra parte, en los centros públicos de aquel tiempo, cuando se accedía al cuerpo de directores por oposición. Los siete lucharon por mejorar día a día la calidad de enseñanza de Cervantes y por encontrarle una sede propia y definitiva.

El horario de los hermanos era bastante duro y apenas tuvo modificaciones durante el período. Ofrecemos el de los días laborables en los años cincuenta y sesenta:


5,45 Levantarse.
6,15 Salve, Oración, Laudes y Meditación.
7,00 Estudio religioso.
7,50 Misa. Desayuno.
9,00 Clase.
13,45 Vísperas y visita al Santísimo.
14,00 Almuerzo.
16,00 Clase.
18,00 Rosario y salida.
20,00 Oración personal.
20,15 Lectura espiritual.
20,30 Completas.
20,45 Cena.
22,30 Silencio comunitario. Acostarse.


Diferencias encontramos entre los hermanos que ocuparon el Cervantes en los años cuarenta y cincuenta, con respecto a los de finales de los sesenta. De hecho, la meticulosidad en rellenar los Anales y las Actas de los Consejos Locales, se va perdiendo, hasta el punto de que carecemos de los Anales de los años sesenta y primera mitad de los setenta. Tiempos heroicos y familiares los primeros, cuando los hermanos maristas tenían que luchar por la existencia del colegio frente a la escasez económica y las dificultades de una obra que se está iniciando. Tiempos difíciles los segundos, cuando con Cervantes más que consolidado, el enemigo eran los cambios de los tiempos (se comienza a dejar de usar la sotana, hay problemas de obediencia e incluso algunos hermanos plantean vivir en pisos) y la ola de secularizaciones, que redujeron la comunidad marista cordobesa, la avisaron del futuro problema de falta de vocaciones y pudieron hacer desaparecer Cervantes: “Hasta se piensa abandonar por motivaciones raras surgidas de interpretaciones equivocadas del Vaticano II. Recordamos la apasionada defensa que el H. Ignacio Martínez realizó en un capítulo provincial de su colegio y de su ciudad”, reconoce el H. Francisco Ibáñez.

Pero en lo que sí coincidían los maristas de todas las épocas era en poner su persona en un segundo plano, en pro del acondicionamiento material del colegio y del desarrollo integral de sus alumnos. Sus pequeñas habitaciones, en los recovecos del Cervantes, eran de una sobriedad espartana y nunca se pudo decir de un hermano que no llevara una vida sobria y austera. La preparación académica y las ganas por entregarse en el mundo de la educación, les eran innegables. Empleemos este espacio para describirlos en general: su forma de ser, su forma de educar e identificarse con el alumno eran uniformes, basadas en las lecturas de las Enseñanzas espirituales y de la Guía del maestro; luego, cada uno le ponía su personalidad particular: “Eran otros tiempos, eran otros sistemas, no sé si mejores o peores que los actuales, eso se encargará de decirlo y enjuiciarlo el tiempo, ese juez implacable que da a cada cual lo suyo y que otorga la razón o la quita. Lo cierto es que eran unos tiempos que imprimían un carácter del que no es posible desposeerse, y no es que todo fuera bueno, no, también tenían sus ratos malos, es lógico, en esa etapa estudiantil de una persona hay de todo, pero quizás los años borren de nuestras mentes lo que de tristezas tenían y en el corazón y en la mente solo queden incrustados los recuerdos que nos hacen revivir el inicio de unas amistades que siempre perduran, o el reconocimiento hacia aquellos hombres que iniciaron nuestros pasos en la vida... algunos con sus genios inconfundibles, otros con su dulzura, pero eso sí, todos tenían algo que les hace inolvidables... Maestros, sí, Maestros con mayúscula: HH. Epifanio, Tomás, Faustino, Esteban, Florentino, Ananías, Honorato, Teófilo, Teodoro, Ignacio, Pedro, etc. ... Algunos ya nos dejaron para siempre, pero no importa, la gran familia Marista está formada por un eterno presente...”, nos cuenta Julio Sánchez Luque antiguo alumno de finales de los cuarenta y principios de los cincuenta, luego miembro de la Real Academia de Córdoba. Sobre la imagen que podían ofrecer unos hermanos de los años cuarenta en Córdoba, podemos citar el relato de Font de Dios: “Cuando nos los encontrábamos fuera del colegio, nos acercábamos a ellos y le besábamos la mano. Iban correctamente vestidos, pues además de no llevar manchada de tiza la sotana, se cubrían los hombros con una esclavina y se colocaban un sombrero como el de los picadores en las corridas de toros, pero un poco más pequeño y de color negro. Lo que no llevaban era la baberola blanca (el rabat) que usaban en clase. Los Hermanos de La Salle sí salían con ella a cualquier sitio. Nunca se mostraron propicios nuestros profesores a explicarnos los motivos de ello”.

También yo puedo ofrecer mi testimonio de los hermanos maristas a mediados de los años sesenta: los HH. Vidal González, mi tutor en 3º y 4º de Primera Enseñanza a quien siempre guardaré eterno reconocimiento, Francisco Fernández, Eufrasio López, Juan Larios, Ignacio Martínez, Luis Sainz, Estanislao Sanz, etc. El rabat, el sombrero y la esclavina habían pasado al baúl de los recuerdos, pero había cosas que no variaban, como la sotana, el cordón y el crucifijo metálico; eso en la apariencia, y en la esencia, la austeridad, la sencillez, el orden, la pulcritud y ese acento tan típico de Castilla (la inmensa mayoría de los maristas que impartieron docencia en Cervantes era originaria de lo que entonces se llamaba Castilla la Vieja, León, Vascongadas y Navarra).

Obligatorio, para este trabajo, es detenernos algo más en tres hermanos que se han considerado emblemáticos del Colegio Cervantes en su etapa de ubicación en la actual Plaza de la Compañía: los HH. Tomás, Ignacio y Esteban.

El H. Tomás Corral Castresana nació en Teza, un pueblecito burgalés en el límite con Álava, en 1908; pero eso es casi anecdótico, pues con 15 años ya había salido de él para iniciar su andadura como religioso marista. Arceniega (Álava) le vio hacer el juniorado y Balaguer (Lérida), el postulantado, noviciado y escolasticado; obtuvo el título de maestro en León y las prácticas las realizó en el Colegio Sagrada Familia de Cartagena. Su primer destino como hermano, con el nombre de profesión de H. Bernardo José, fue el Colegio de niños gratuitos, hijos de mineros, en Barruelo (Palencia). Luego pasó al Virgen de la Capilla de Jaén, donde le sorprendió la Guerra Civil, teniendo que padecer dos años de cárcel, aliviados por las múltiples atenciones de la familia Merelo, uno de cuyos hijos el Antonio Merelo, acabaría siendo hermano marista, profesor y administrador en Cervantes en los años sesenta y setenta. Finalizada la contienda, en 1939, con 31 años, llega el H. Tomás al Colegio Cervantes de Córdoba... ¡Y ya no se movió de ahí! Nada menos que cuarenta y cuatro años pasó el H. Tomás en el colegio marista cordobés, convirtiéndose en historia viva y siendo el único hermano que conoció las tres últimas sedes del centro: Palacio de Torres Cabrera, plaza de la Compañía y avenida de la Fuensanta. De esos cuarenta y cuatro años, sólo los seis primeros los vivió como excelente profesor de Ingreso y preparador de las Primeras Comuniones, pasando desde el curso 1945/46 a ocupar el cargo de Administrador. “Los superiores, en contra de mi voluntad, me cambiaron los libros por las libras”, decía en una entrevista de Eco marista en 1981, lo que no le impidió el seguir en estrecho contacto con los alumnos desde la ventanilla que existía al final de la regia escalera del caserón de la Compañía y en continuar prestándose a la docencia, puntualmente, cuando las necesidades del colegio lo requerían. Su trato, entregado y afable, le hizo ser tremendamente querido por alumnos y antiguos alumnos a los que nunca cesó de dar consejos: “Recomiendo a los antiguos alumnos que sigan siendo buenos compañeros con los que lo fueron un día en el Colegio, y que sean buenos cristianos y virtuosos ciudadanos; que no olviden las prácticas religiosas que aprendieron en el Colegio y, sobre todo, que sean devotos de la Virgen”. Pulcro (al estilo francés de los primeros hermanos), servicial, ecuánime, dotado de una gran memoria, observante, piadoso... podrían ser adjetivos para el H. Tomás, pero dejemos que sea el H. Francisco Ibáñez quien lo defina: “Santo varón, de una inocencia verdaderamente ingenua, durante muchísimos años administrador de los menguados recursos del Colegio, se las arreglaba para atender a la subsistencia de manera ingeniosa... llegando a poseer casi el doble de cartillas de racionamiento de las asignadas legalmente. Su piedad y servicialidad quedarán como signos de alma cándida y buena persona. Su Córdoba, su Colegio, lo marista, Maimón incluido, eran su mundo y lo vivía con ilusión casi infantil”. El H. Tomás colaboró intensamente con todos los estamentos del colegio y en 1973, la Asociación de AA. AA. que ya en 1961 le había rendido un homenaje, le concedió su máxima distinción, la insignia de oro. En 1981, fue premiado por la Federación Provincial de Centros de Enseñanza No Estatal con el título de Profesional de la Enseñanza Distinguido.

El H. Tomás nos dejó un 19 de noviembre de 1983, a los 75 años de edad. Su amor por Córdoba y lo cordobés (no faltó en cuarenta y cuatro años a ni una sola procesión del Corpus), le llevó a que sus restos reposaran en el cementerio de Nuestra Señora de la Salud. Impresionante fue el dolor de toda la familia Marista: hermanos, profesores, alumnos, antiguos alumnos, amigos... pasaron ante el cadáver, instalado en la sala de profesores del colegio, y asistieron al funeral, presidido por el padre Jesús Mendoza y seis sacerdotes más, en un salón de actos que agotó su capacidad. La revista anual del Cervantes, Eco Marista, le dedicó ocho artículos, representativos de los distintos estamentos de la familia marista: “Carta abierta al H. Tomás” de Antonio Alarcón Parodi, “La última Salve en el cielo” de Vicente Ruiz Granados, “Adiós H. Tomás, ruega por nosotros” de Mateo Vázquez Berni, “El buen monje” de Rafael Córdoba Cruz o la Evocación que compuso el H. Francisco Ibáñez y que reproducimos al final de este trabajo, son algunos de los títulos. Sería imposible reproducir todo lo que se dijo entonces sobre el H. Tomás, nos quedamos con las palabras de Fernando Bajo Moreno, presidente de la Asociación de AA. AA. de 1958 a 1963, publicadas en esa misma revista: “Algo insustituible se ha ido del Colegio Cervantes. Un vínculo querido, respetado y admirado, nos ha de faltar desde ahora a cuantos, al llegar al colegio, buscábamos su compañía, amena y afectuosa siempre, para charlar con él de aquellos tiempos... de los más próximos y de éstos. Pero como tenemos fe -que él mismo nos consolidó en el alma con su ejemplo aún más que con su palabra- ahora, cuando sigamos llegando a Cervantes, saldremos a uno de sus patios, miraremos al Cielo y él, desde allí, junto a la Madre nos mirará sonriendo, con su sencillez de santo, con la que él siempre tuvo. Descanse en paz, querido Hermano Tomás. Inolvidable amigo y Hermano”.

El H. Ignacio Martínez Seco (Beni Jesús es su nombre de pila, pero en este caso el que ha perdurado es el de profesión: H. Ignacio), nacido el 22 de abril de 1925 en Quintanar de Valdelucio, muy cerca de Aguilar de Campoo (Burgos), batió el récord de continuidad en Cervantes que poseía el H. Tomás: cincuenta años permaneció el H. Ignacio en el colegio marista cordobés, desde aquel lejano curso 1955/56 en que llegó, procedente del juniorado de Villalba (Madrid), para hacerse cargo de los alumnos mayores y de los deportes. Durante más de quince años preparó a los cursos de 4º de Bachiller para la Reválida de ese año: “Su persona no sólo nos producía respeto, también admiración, pues todos sabíamos que si en 4º de Bachiller, en el que él daba clase, se aprobaba, la Reválida estaría, como dice hoy la juventud, chupada”, escribe Fernando Maestre. Con la implantación de la Educación General Básica (EGB), pasaría a ser profesor y tutor en 8º EGB, siendo su especialidad las Matemáticas, hasta que un problema en la visión le apartó de la docencia; fue un profesor muy exigente con los alumnos pero también consigo mismo a la hora de preparar la clase, y muy realista en sentido pedagógico: “Las lecciones que estudien los alumnos en casa han de haber sido explicadas por el profesor en clase... Las tareas escritas han de ser cortas y fáciles, pero realizadas con esmero y aplicación. El fin primordial de éstas, es educar la responsabilidad del niño”, decía en 1981. Director de la EGB y superior de la Comunidad Marista, han sido otros de sus cargos en Cervantes. En 1977, la Federación Provincial de Centros de Enseñanza No Estatal, le concedió su premio anual de Profesional de la Enseñanza Distinguido y es insignia de oro de la Asociación de AA. AA., la cual, en 1991, le dedicó un emotivo homenaje, con ocasión de sus treinta y cinco años en el colegio, consistente en misa en la parroquia de la Compañía y almuerzo en el Círculo de la Amistad, al final del cual se le entregaron distintos regalos y recuerdos. Marista de la vieja escuela, de recio aspecto, el H. Ignacio es, aún hoy en su retiro de Benalmádena desde la primavera de 2005, una institución viva y llena de humanidad del Cervantes al que aprecia toda la Familia Marista cordobesa. Cuando sus antiguos alumnos se paraban a saludarle y a presentarle sus hijos, en las fiestas del colegio o en sus diarios paseos por el centro de su Córdoba, el H. Ignacio se ha sentido más que pagado por sus desvelos y afanes educadores: “Uno de mis motivos de mayor alegría es ver cómo los antiguos alumnos aún nos recuerdan con cariño. Yo los considero casi como hijos míos. La prueba de que existe un afecto mutuo que no se borra con el paso del tiempo es que vienen a traer a sus hijos al Colegio en el que ellos estudiaron... Sin embargo, lo que más me duele es tener que decirles, en muchos casos, que no hay plazas”, afirmaba en una entrevista del diario Córdoba en 1983.

El H. Esteban Gallo Manzanedo, de nombre de profesión H. Paulino León, también era burgalés. Llegó al Colegio Cervantes en 1938, como uno de los escasos supervivientes de la Comunidad Marista de Málaga, ciudad en la que, estallada la Revolución en el verano de 1936, a punto estuvo de ser fusilado. Sobrevivió viviendo debajo de un puente, haciendo de buhonero y arreglando cacharros por las calles más humildes, hasta que encontró cobijo en la Pensión Alarcón, gracias a la generosidad de la familia propietaria. El H. Esteban permanecería en Córdoba diecisiete años, hasta 1955. Durante ellos, su pequeña y llena de vida figura se haría famosa: “Santo religioso, siempre preocupado por sus antiguos alumnos y su porvenir... Tan bondadoso y popular, que en muchos ambientes sencillos, el Cervantes era conocido como el Colegio de don Esteban”, afirma el H. Ibáñez en su obra. Fue profesor de 2º, 3º y 4º de Segunda Enseñanza, colaboró intensamente en la obra catequética en los Olivos Borrachos del centro de Acción Católica de Cervantes y fue el gran promotor y alma y corazón inicial de la Asociación de Antiguos Alumnos, creada el 2 de enero de 1949. Hasta su partida de Córdoba, colaboró intensísimamente con los AA. AA., que siempre le han profesado verdadero afecto, presidiendo una foto suya sus asambleas anuales, privilegio que solo comparte, desde sus fallecimientos, el H. Tomás Corral y el H. Francisco Ibáñez. El H. Esteban falleció en Sevilla en el año 1964, celebrándose una misa por su alma en la parroquia de la Compañía el 4 de enero de 1965. En 1978, la Asociación de AA. AA., le dedicó una clase del último nivel en el nuevo Colegio Cervantes en la Fuensanta, colocando una placa de mármol con su nombre; distinción que, hasta la fecha, sólo ostentan otros dos hermanos, el H. Julio Albéniz, primer director y el H. Victoriano Ruiz, director de 1957 a 1963.

La Asociación de Antiguos Alumnos (1ª parte)

Sin duda alguna, no hay mayor prueba de que una institución educativa, que persigue algo más que la mera transmisión de conocimientos, ha triunfado, es la creación de una Asociación de Antiguos Alumnos. En Córdoba, la de más solera y número es la de los AA. AA. Salesianos, creada el 8 de diciembre de 1912, pero no le anda muy a la zaga, en vitalidad y también en número, la de Cervantes. Orgullosos pueden estar los educadores maristas por haber logrado imbuir en sus alumnos tal espíritu que, una vez terminados sus estudios colegiales, pasados los años, vuelven la vista atrás y con simpatía y afecto recuerdan sus años infantiles y adolescentes, los buenos maestros, los esfuerzos de la vida estudiantil, el espacio físico del colegio, la formación humana e intelectual en él recibida, y, como la gratitud es la mejor moneda de las almas nobles, dan su apoyo y aliento lo que Cervantes precisa.

En el curso 1940/41 salía la primera promoción del colegio. Ella, aglutinada por Dionisio Carabaño, Juan Manuel Anguita, Rafael de la Hoz, Carlos López y José Antonio Muñoz, fue la auténtica gestora de la fundación de la Asociación de AA. AA., junto con la ayuda inestimable del H. Esteban Gallo y la colaboración de los directores del Colegio que se sucedieron en los años cuarenta. Desde la finalización de sus estudios en Cervantes, la primera promoción inició reuniones periódicas que se han mantenido hasta nuestros días. El Cervantes, por su parte, en la década de los cuarenta, organizaba un acto de entrega de diplomas a los alumnos que terminaban sus estudios, obsequiándoles al final “con una copa de vino, pastas y cigarros”, como se detalla en los Anales, teniendo en mente la fundación de una Asociación de AA. AA. ya desde el Consejo Local del 13 de diciembre de 1942. Ilusiones y esfuerzos culminaron el 2 de enero de 1949 con la fundación de la Asociación de AA. AA. Maristas del Colegio Cervantes de Córdoba, eligiéndose la primera junta directiva compuesta por las siguientes personas:

Se fijó una cuota anual de 25 pesetas, cobradas en recibos de 2 pesetas mensuales, excepto el de diciembre que sería de 3. La Junta acordaba reunirse periódicamente y convocar una Asamblea Anual, generalmente en diciembre, en la que se tomarían acuerdos, se elegiría cada tres años presidente, se informaría de las actividades a los socios, se entregaría la insignia de las tres violetas a los nuevos miembros de la Asociación y se ofrecería un desayuno a los asistentes. La primera Asamblea Anual tuvo lugar el 22 de enero de 1949, asistiendo doscientos veinte socios y sirviéndose un desayuno cuyo coste fue de 5 pesetas el cubierto. Desde la Asamblea de 1961, y a propuesta de Antonio Moyano Navarro, el desayuno fue sustituido por una copa de vino español, a cargo de la Asociación.

Sesenta años tiene ya de vida la Asociación de AA. AA.; una vida cargada de actividades y emociones, que podemos rastrear magníficamente gracias al Historial de la Asociación que, pacientemente, Antonio Alarcón Parodi fue confeccionando a base de las actas de las Asambleas Anuales y de sus recuerdos particulares. En este primer acercamiento a la Asociación trataremos de resumir los aspectos principales del período 1949-1973, dejando la siguiente etapa para el próximo capítulo.

Cinco presidentes ha conocido la Asociación desde su fundación, José Alarcón Parodi (1949-1958), Fernando Bajo Moreno (1959-1963), Antonio Alarcón Parodi, de la segunda promoción, que se hizo cargo de la presidencia el 30 de diciembre de 1963, al dimitir Fernando Bajo por motivos de trabajo y permaneció treinta y siete años en el cargo, José Luis Royo Raya (2000-2006) y el actual, Juan José Primo Jurado desde diciembre de 2006.

Antonio Alarcón fue reelegido hasta once veces, fundando legalmente la Asociación en 1966, de acuerdo a la normativa del Registro de Asociaciones, y siendo el gran artífice de su expansión, de su presencia en todas las actividades de Cervantes y de su vinculación con la Familia Marista de la provincia Bética y nacional (ADEMAR) y con la Federación Española de Asociaciones de AA. AA. de la Enseñanza Católica (FEDAEC). Labor de equipo, como él no se cansaba de repetir, en la que han participado su vicepresidente, secretario y tesorero a lo largo de esos años, Rafael Córdoba Cruz, Guillermo Gisbert León y José María González Ripoll, respectivamente.

El presupuesto de la Asociación siempre fue muy ajustado, dependiendo de las cuotas anuales de sus socios, que fueron de las 25 pesetas iniciales, a las 100 pesetas, aprobadas en la Asamblea de 1967. Aún así permitió afrontar las numerosas actividades en que se embarcaron y se pudo prestar ayuda a hijos de antiguos alumnos que estudiaban en el colegio, siendo sólo los primeros años los únicos que arrojaban algún déficit, subsanado por los hermanos maristas: “En hombres jóvenes no hay trampa vieja”, dijo el H. Victoriano en la Asamblea de 1962, cuando ofreció 3.000 pesetas para solventar las complicaciones de la Tesorería por la falta de colaboración de los asociados. Los maristas les cederían, desde 1965, una sala de Cervantes para las reuniones de la Junta, amueblándose rápidamente por los miembros de la Asociación, incluido un barril de vino de cuatro arrobas, obsequio del antiguo alumno, Agustín Campos Espinosa, propietario de las prestigiosas Bodegas Campos.

Las actividades principales de la Asociación en este período de 1949 a 1973, aparte de las reuniones y las Asambleas que mantenían el contacto entre los asociados, fueron: la creación de un Boletín informativo en 1968, que aún perdura, tras intentos fallidos desde 1951 y la institucionalización desde 1970 del día del Rosario y la flor, a finales de mayo, que consistía en una ofrenda floral de los AA. AA. y el rezo del santo Rosario a la Virgen en el Santuario de Nuestra Señora de la Fuensanta. Mención aparte merecen los premios que irá creando la Asociación y que serán un reflejo de su vivir y su sentir: En 1965 se creó el Premio Excelencia, para premiar al mejor alumno del colegio, adjudicándose cada año al alumno destacado, no sólo por sus notas, sino también por el voto de sus compañeros y la opinión de los profesores y dirección del Cervantes. En ese mismo año se creó la Insignia de Plata, para ser concedida a los AA. AA. que cumplieran los veinticinco años de la terminación de sus estudios en el colegio. Finalmente, ya en la Asamblea de 1951 se propuso crear un premio para el ex alumno más distinguido, pero no se concretó en nada y será en la de 1971 cuando se creará la Insignia de Oro, a propuesta de Amador Jover y Antonio Alarcón, para premiar al antiguo alumno o colaborador de la Asociación que lo merezca y a propuesta de la Asamblea Anual; el director de Cervantes, H. Emilio, sería el primer distinguido con ese honor, correspondiendo el año siguiente a los antiguos alumnos, Rafael de la Hoz Arderius, director general de Arquitectura, Amador Jover Moyano, vicedecano de la Facultad de Veterinaria de Córdoba, Diego Mir Jordano, catedrático de Medicina en Sevilla, Carlos Vicente Córdoba, catedrático de Biología en Salamanca y, a propuesta de Fernando Bajo, a la Junta Directiva de la Asociación de AA. AA..

Difícil es señalar cuáles son los antiguos alumnos más destacados de este período e imposible recogerlos a todos aquí. Sin duda, cualquier antiguo alumno que haya sabido aprovechar en su vida los cimientos educativos y formativos que recibió en Cervantes y desde el puesto que le diera la sociedad haya sido “buen cristiano y virtuoso ciudadano” ya es destacable, pero aunque sea por recoger los que triunfaron en sus respectivas carreras y gozaron de renombre en Córdoba y fuera de ella, vamos a citar unos cuantos nombres propios que, además, han seguido muy vinculados con la Asociación, ocupando en ocasiones cargos de vocales en la Junta.

Rafael de la Hoz Arderius, fue sucesivamente director general de Arquitectura, presidente de la Unión Internacional de Arquitectos, vinculada a la UNESCO y que agrupa a más de 600.000 arquitectos de cerca de cien países, Premio CEOE por la construcción del Edificio Castelar en Madrid, académico de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, presidente del Consejo de Arquitectos de Europa y Medalla de Honor de la Ciudad de Córdoba. Entre las obras de él y su equipo en nuestra ciudad destacan: el Parque Figueroa, el Gobierno Civil, el Hospital Provincial, la oficina principal de la antigua Caja Provincial de Ahorros y la remodelación del convento de las Dominicas del Corpus Christi, para acoger la Fundación Antonio Gala.

Amador Jover Moyano, fue vicedecano y decano de la Facultad de Veterinaria, de la que es catedrático, académico de la Real Academia de Medicina de Sevilla, presidente de la Sociedad Europea de Patólogos Veterinarios, Cordobés del Año en 1992, Medalla de Oro del Colegio de Veterinarios de Córdoba y, desde 1990 a 1998, rector de la Universidad de Córdoba.

Debemos destacar cuatro periodistas surgidos de entre los antiguos de esta etapa. Fernando Bajo Moreno, director de la emisora cordobesa de radio La Voz de Andalucía y presidente de la Asociación de AA. AA. Antonio Galán Ortiz, periodista y redactor jefe, primero, y subdirector, después, del diario Córdoba. Rafael González Zubieta, conocido como El Zubi, antiguo alumno de Lucena, periodista de la prensa local y jefe de informativos de Canal Sur TV. Y Rafael López Cansinos, locutor de Radio Córdoba, columnista en la prensa local y presentador en muchas ocasiones del acto de entrega de Premios del Colegio Cervantes, de quien Rafael Cremades, periodista de Canal Sur, dijo al entregarle el 27 de junio de 1997 el XII Premio Periodístico Ciudad de Córdoba: “Es un hombre de bien, amigo de sus amigos, irónico zorro del periodismo, entregado a la causa de Córdoba, que nunca abandonó... Voz de giros artísticos, de galán de radio, pintada en el aire de la onda media, grave y completa, llenando las casas de esta bendita ciudad día a día”.

Así mismo médicos como Diego Mir Jordano, catedrático de Medicina; Carlos Vicente Córdoba, catedrático de Biología; Mariano Aguilar Candela, eminente cirujano digestivo; Felipe Toledo Ortiz, uno de los creadores, además, del influyente foro de opinión Corduba nostra; Juan Manuel Peinado Requena y Juan Manuel Anguita Blanco, el primero profesor y luego decano de la Facultad de Córdoba.

En el mundo de los que se dedicaron a la abogacía podemos citar a José Antonio Muñoz García, abogado y Cruz de San Raimundo de Peñafort por la Escuela de Práctica Jurídica; y a Rafael Mir Jordano, abogado cordobés de prestigio y columnista de opinión en la prensa local.

Otros antiguos alumnos reseñables fueron Francisco Martín Salcines, excelente pintor cordobés y primer presidente de la Asociación de Padres de Alumnos del Colegio Cervantes. Ángel Burón Romero, profesor de la Facultad de Ciencias en Santander. Francisco Alférez Delgado, titular de Paleontología de Vertebrados en la Complutense. Diego Moreno García, catedrático de Dibujo en la Escuela de Ingenieros Agrónomos cordobesa. Eloy Almoguera Martínez, director de la Caja Rural en Córdoba. Manuel Salcínez López, historiador, conferenciante, académico de la Real Academia de Córdoba y Cronista de la ciudad. Eduardo Salcínez Muñoz, catedrático en el Conservatorio Superior de Música de Córdoba. Julio Sánchez Luque, escritor, académico de la Real Academia de Córdoba y gran creador y mantenedor de la Semana Lírica de Córdoba. El reverendo Francisco Gutiérrez de Ravé, coadjutor de la parroquia cordobesa de San Nicolás de la Villa.

Finalmente, dos presidentes del Córdoba CF en los años setenta y ochenta, son antiguos alumnos de Cervantes: Ricardo Mifsut Vizcaíno, empresario, y José María Romeo Moya, prestigioso odontólogo cordobés.

Un escudo para el Colegio Cervantes

Aunque la insignia universal marista (educadores, alumnos, antiguos alumnos, padres, etc.) son las tres violetas, desde 1949 el colegio de Córdoba va a contar con un símbolo propio: su escudo.

El escudo es obra de Rafael de la Hoz, antiguo alumno de la primera promoción, al que se le encargó en la Asamblea Inaugural de la Asociación de AA. AA., el 22 de enero de 1949, aprovechando que hacía unos cursos de heráldica en Inglaterra. Para describir el escudo transcribo lo que por el mismo de la Hoz fue expresado y que recoge el Historial de la Asociación: “De acuerdo con el sentido moderno, estudiadas las formas tanto europeas como americanas, se agrupan y enmarcan los motivos que pueden representar a un colectivo. De esta forma propongo un emblema que reúna las siguientes cualidades: Colegio, Ciudad y Orden Marista. Es por ello que en la insignia, representando al Colegio Cervantes se incluya el guantelete en negro sobre fondo oro del Manco de Lepanto; a Córdoba un pez de oro sobre fondo rojo que representa a San Rafael, que en sus imágenes lleva el pez de la curación de su milagro; y para la Orden Marista pongo, sobre los símbolos antes descritos, tres flores blancas que representan las tres virtudes de nuestra Virgen María, destacando sobre el fondo negro que representa el pecado”. El escudo de Cervantes lucirá siempre en cualquier documento del colegio, en sus prendas deportivas, en los Boletines de Notas, etc.

El Castillo de Maimón

En los primeros meses de 1946, al mismo tiempo que se solucionó con el Patronato “Deán Francisco Javier Fernández de Córdoba” el uso del colegio de La Compañía a cambio de hacerse cargo de las Escuelas Pías, la Comunidad Marista cordobesa logró hacerse con una magnífica finca para un noviciado: “Tanto la adquisición de la finca Castillo de Maimón, como, según parece, el inminente arreglo de la cuestión Colegio, han de considerarse como un verdadero regalo de la Providencia, ya que las circunstancias que lo determinaron no pudieron ser ni más inesperadas ni más favorables”, señalan los Anales.

La génesis de la adquisición del Castillo de Maimón, comienza el 5 de enero de 1946, cuando el corredor de fincas, Antonio González, se presentó en Cervantes, ofertando la finca Villa Paquita, en la carretera del Brillante a dos kilómetros de Córdoba, para internado. El día 10, la finca era visitada por el Hermano Provincial H. Secundino Burgos, el Asistente General H. Sixto Lacunza y el director del Cervantes H. Epifanio del Val, desestimándose por el exceso de bullicio de su emplazamiento, pues los maristas, más que un internado, lo que deseaban poner era un noviciado. Cuatro días después, Antonio González, llevaba al H. Epifanio y al H. Matías a ver la finca conocida como Castillo de Maimón, en referencia a haber sido posible residencia de filósofo cordobés del siglo XII, Maimónides (Moisés ben Maimón). Propiedad de Juan López Baena, situada en las afueras del Barrio del Naranjo, al norte de la ciudad, gozaba de una situación privilegiada por su tranquilidad y buen clima, al estar en las faldas de la Sierra y apartada de caminos: “En el corazón de la riente Andalucía, sobre los flancos de la Sierra, que montan centinela sobre la antigua capital de los sultanes, la histórica y bella Córdoba”, tal como anunciaría la revista Stella Maris de septiembre de 1949. Las condiciones de venta no parecieron abusivas, siendo la finca del agrado del Hermano Provincial en su visita del 28 de enero, recibiéndose autorización para su compra al mes siguiente.

Eterno agradecimiento mostrarán siempre los hermanos maristas a Rafael Peralta, padre de los famosos rejoneadores Ángel y Rafael, amigo sevillano que, requerido por los maristas, se trasladó a Córdoba para asesorarles en todo el proceso de compra del Castillo de Maimón: “Aparte del importante beneficio material que supuso, sin duda, ahorrarnos varios miles de pesetas, por la gestión de don Rafael Peralta, le hemos de agradecer particularmente el interés que en ello puso, considerándole como a uno de nuestros sinceros y mejores amigos, al que debemos gratitud no sólo por esta ocasión, sino por otras muchas, ya que siempre ha estado dispuesto a ayudarnos con absoluto desinterés personal y con el mayor afecto”, reflejan los Anales. Ya en 1939, Rafael Peralta había ayudado a los hermanos a adquirir la finca sevillana de Castilleja de la Cuesta, donde unos años después se alzaría el escolasticado.

El 28 de febrero de 1946 quedó efectuada la compra del Castillo de Maimón, en presencia del notario Luis Boza Montoto. La alegría que destilan los Anales es comprensible, pues la finca era realmente envidiable: 165.000 metros cuadrados rodeados de tapia, de ellos 30.000 de huerta, 1.500 olivos, 600 naranjos y otros árboles frutales. Desde la primavera de ese año, Maimón sería objeto de las visitas de los hermanos maristas en los jueves por la tarde y los domingos el día entero, residiendo incluso en vacaciones: “Resulta, por lo tanto, la finca un gran alivio para los hermanos, ya que es un magnífico complemento del Colegio, que no cuenta con jardín, ni patios espaciosos, y lo que es peor, ni siquiera con la debida independencia de nuestros vecinos. En cambio, en la finca hay independencia del bullicio urbano, aire sano y mucho sol, junto con la variedad y hermosura del campo, tan a propósito para levantar el pensamiento y un himno de gracias al Creador”.

En 1948, la empresa constructora de Benito Fábrega, respetando la huerta, inició la construcción de un noviciado en el Castillo de Maimón, descrito así por el H. Francisco Ibáñez: “De forma rectangular, con un amplio patio en su interior, de dos pisos, con elegantes arcos y columnas de estilo andaluz. Los zócalos cubiertos de cerámica sevillana, le dan luminosidad y alegría, para paliar en lo posible las elevadas temperaturas estivales... En la planta baja se encuentra la capilla, capaz para unas cien personas. El retablo central es de madera, elegantemente esculpido por nuestro H. Honorio Molinuevo, que ofrece un trono real a la Virgen Inmaculada, patrona de la casa. Las vidrieras presentan artísticos motivos de la vida de Marcelino Champagnat. En el mismo piso se encuentran la sala de ejercicios, tres clases, la sala de profesores, el refectorio, la cocina y otros servicios. El segundo piso está totalmente destinado a dormitorios y enfermería, con los consiguientes servicios higiénicos. Puede alojar cómodamente unos ochenta formandos y el personal directivo correspondiente”.

El noviciado se inauguró solemnemente el 8 de septiembre de 1949, bendecido por el canónigo José Torres Molina, asistiendo el Provincial H. Secundino, miembros del Consejo, delegados de toda España, los directores de los colegios de la Provincia y las autoridades civiles cordobesas. Un día después, se producía la primera toma de hábito de los veinte novicios y el ingreso de los veintisiete postulantes que inauguraron Maimón. La futura Provincia Bética, completaba así su infraestructura para sus formandos, con el veterano escolasticado de Castilleja de la Cuesta (Sevilla), inaugurado en 1943, y el flamante noviciado de Córdoba.

El 8 de septiembre de 1955, con motivo del Año Santo Mariano, se inauguraría con gran fiesta (fuegos artificiales incluidos) un hermoso monumento a la Inmaculada Concepción, proyecto del arquitecto cordobés Carlos Sáenz de Santamaría y obra del escultor Amadeo Ruiz Olmos. Visible desde el camino que lleva a la finca, se basa sobre una roca y se alza sobre un pedestal de granito gris donde luce un busto de Marcelino Champagnat, siendo la escultura de la Virgen de dos metros de mármol blanco de Macael con un peso de 2.300 kilos. Su altura total es de 10 metros y el costo, de 135.000 pesetas, fue aportado por los colegios de la Provincia y las familias de los estudiantes, cuyos nombres se guardan en una caja de estaño a los pies de la Virgen. En 1956 los propios novicios maristas construyeron un campo de fútbol y tres frontones. En 1960 se realizaron mejoras en la casa, creando despachos para los superiores provinciales, y se terminó una sencilla piscina, alivio de canículas estivales. Los maestros de novicios que han ocupado el cargo a lo largo de todos estos años son:

Como en todas las órdenes religiosas, el noviciado atravesó mejores y peores momentos, siendo testigo de vocaciones abundantes y de soledades preocupantes. Hoy, vacío de vocaciones, pero manteniendo la propiedad los maristas, es cedido para actividades colegiales y diocesanas. El Castillo de Maimón sigue ahí, testigo mudo y fiel de la historia marista cordobesa. Por él pasamos muchos alumnos de Cervantes en nuestras excursiones del sábado, con la ilusión de la caminata hasta llegar a él, el día de campo en La Palomera, bajo el puente de hierro de la línea Córdoba-Almorchón, la proximidad de Santo Domingo o el Santuario de Nuestra Señora de Linares, el partido de fútbol correspondiente en el campo de Maimón y el rato de charla y juego en los bancos y mesas que existen en torno a una sencilla gruta que alberga una Virgen, enmarcada entre plantas y hiedras. Supongo que los hermanos soñarían y rezarían con que en alguno de nosotros brotase la vocación, pero también estoy seguro de que su deseo, en cualquier caso, era que disfrutáramos con ilusión infantil de esos días, y tened por cierto, y cualquier antiguo alumno lo podrá confirmar, que así lo cumplíamos.



Capítulo 6. El Colegio Cervantes de la Plaza de la Compañía (1942-1973). Siguiente capítulo
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