Mariano López Benítez

De Cervantespedia
Saltar a: navegación, buscar

Mariano López Benítez, antiguo alumno, finaliza COU en el año 1980. Actualmente es catedrático de Derecho Administrativo de la Universidad de Córdoba en la Facultad de Derecho

Fue galardonado con la Insignia de Oro de la Asociación de Antiguos Alumnos en el año 2006

Discurso en las Bodas de Plata de la Promoción 1979-80 de COU

Una tarde del mes de Junio, hace ya... demasiados años, después de recoger nuestras calificaciones de Selectividad, bajamos por última vez las escaleras del Colegio, para, enfilando la Avenida de la Fuensanta arriba, enfrentarnos a un futuro que, entonces, nos parecía, a la vez que esperanzador, lleno de inquietudes. Hasta entonces, habían sido muchos los días de subir y bajar esas escaleras que ya nos resultaban tan familiares como las de casa; habían sido muchos los años de empezar y terminar cursos, sabiendo que, a la vuelta del estío, siempre había otro septiembre que nos tornaba a los mismos compañeros y a nuestros maestros de siempre. Sin embargo, aquella tarde de junio de hace ya demasiados años, sabíamos que el septiembre que nos esperaba tras el tórrido verano, sería muy diferente, por ello, bajábamos las escaleras quedos, demasiado despacio, queriendo retener de cada uno de sus peldaños hasta el último de sus detalles. Cuando atravesáramos el patio -ese patio en el que en nuestra mocedad habíamos sido tantas veces Amancio o el capitán Custer, según lo que cumpliese jugar en ese momento-y traspasáramos la puerta del colegio -ese dintel tras cuyas verjas habíamos visto llegar al inicio de aquel último curso a las primeras niñas que serían nuestras compañeras de curso-, al salir a la calle, ¿qué nos sucedería? "Ese patio en el que en nuestra mocedad habíamos sido tantas veces Amancio o el capitán Custer, según lo que cumpliese jugar en ese momento"
Nos sucedió que emprendimos caminos diferentes; que empezamos y terminamos nuestras carreras; que nos iniciamos en nuestras profesiones y en los ordenadores; que en muchos casos nos casamos y tuvimos hijos; que creamos nuevas familias; que nos hicimos ciudadanos; que nos convertimos, por fin, en europeos y que seguimos hoy luchando por la vida, espero que con la misma ilusión con la que partimos un día de aquí: de este nuestro colegio. Cuando hace unos días, mi querido amigo Juan José Primo, me pidió que hilvanase unas líneas para este acto, la feliz ocasión de este encuentro me llevó a aceptar de inmediato; después, ya más en frío, he cavilado mucho esta aceptación y he pensado incluso en arrojar la toalla y pasar el testigo a otro compañero. No sabía lo que tendría que decir, no estaba seguro siquiera si yo era la persona idónea para hacerlo, pues con mi característica frialdad germánica en mis años del colegio Cervantes siempre mantuve una posición equidistante entre la adhesión y la crítica al proyecto marista. Era, en fin, mucha la responsabilidad y muy exiguo el bagaje con el que podría afrontarla.
Pero, tras estas dudas iniciales, confié en la Providencia y me entregué a ella, en la certeza de que ésta sabría disparar acertadamente la flecha de... la inspiración. Me detuve a pensar en qué quedaba en mí del Colegio Cervantes. Recordé que, desde hace ya varios años, cuando coincidía en algún lugar con compañeros del colegio, casi simultáneamente nos lanzábamos la misma pregunta: "¿Sabes algo del XXV Aniversario de nuestra Promoción?". Reparaba también en que si alguien me hablaba del Colegio Cervantes o de que había estudiado en los Maristas, fuesen estos los de Granada, Madrid o León, surgía un hilo imperceptible que me volvía a coser a este Colegio. Soy, somos, en definitiva, hijos del Colegio Cervantes y no podemos renunciar a ello, ni taparlo vergonzosamente, ni disfrazarlo o relativizarlo.
Y, ahora con la lejanía y la serenidad que da el tiempo transcurrido; con la tranquilidad que proporciona el no tenerme que volver a examinar con el hermano Mina de Matemáticas, ni con D. Antonio Higueras de esa abominable flauta Hoffner en la que no sabía donde colocar los dedos que siempre me sobraban. Ahora que puedo disfrutar de la vida sedentaria sin subirme a la parra de la tediosa tabla de gimnasia: ahora que la pretecnología -difícil nombre al que compruebo en mis hijos que superan otros- y el dibujo ya no son terribles pesadillas que me despiertan a media noche. Ahora que puedo ver al entrañable hermano Ibáñez, desde su balcón del cielo, diciéndome, diciéndonos: ¿Veis que fácil era estudiar con los esquemas y las reglas nemotécnicas? ¿Veis como el use-un-pipolo y el papi-i-mami-osorum-con-colis-y- tomatis no se olvida nunca? En estos momentos, en los que vuelven a desfilar ante nosotros, vivos o muertos qué más da cuando se habla de una comunidad de espíritu, profesores y profesoras tan brillantes y abnegados como los que, durante nuestro paso por el Colegio, tuvimos -D. David, Paco Moriana, Isabel Clara, Sebastián Muriel, Rafael Alba, D. José Zarco, D: José Luque, D. Vicente, Pepe Peralbo, Rafael Rodríguez, el Hermano Carlos Rubio y tantos otros a los que me quebradiza memoria no alcanza-, siento, al menos personalmente, que la vida me trató bien. La formación que me dieron en el Cervantes aquellos maestros inolvidables de los que, lógicamente, abominábamos entonces porque eran quienes perturbaban nuestra vida con el estudio, no sólo fue buena sino excelente: nos enseñaron mucho, nos formaron bien; con ellos aprendimos ese misterio insondable de combinar fonemas que es leer y, después sin solución de continuidad aprendimos a escribir y a pensar y a saber valorar y enjuiciar críticamente los hechos y opiniones.
Ellos contribuyeron a que fuésemos ciudadanos educados y, consiguientemente, libres. "No creo que a ninguno de nosotros nos haya sobrado un ápice de las cosas y valores que aquí aprendimos"
No sé lo que la enseñanza del Colegio Cervantes es hoy; mas sí conozco y valoro la formación integral que a nosotros nos dieron. No creo que a ninguno de nosotros nos haya sobrado un ápice de las cosas y valores que aquí aprendimos. El pegadizo repique del "María, tú que velas junto a mí", que culminaba nuestras bellas y participativas ceremonias eucarísticas bajo la batuta del dominico Jesús Mendoza, vuelve a nosotros cada vez que nuestra alma se siente triste o caída, y el recuero del colegio nos sirve de refugio. Demasiados junios han pasado desde que recogimos nuestras notas de selectividad y encaramos la calle del mundo entre timoratos y medio decididos. Demasiados junios y demasiados septiembres sin que nos espere otro nuevo curso han transcurrido ya. Pero aquí estamos los chicos y chicas del COU del 1979/80 celebrando los primeros veinticinco años de nuestro egreso. Las chicas se mantienen bien, los chicos exhibimos, en cambio, alguna despuntante cordillera en nuestro abdomen y alguna ausencia de masa forestal en nuestra otrora poblada cabellera que convenientemente habría que ir tapando. Pero aquí estamos, recordando a nuestros compañeros y profesores que partieron y celebrando con júbilo esta festividad de nuestras vidas. No todos pueden presumir de haber pertenecido -y seguir perteneciendo- a este colegio, que fue con nosotros el más grande y el mejor. Hoy, mientras subimos de nuevo los escalones que dan entrada al hall del colegio, aunque no sea septiembre, sentimos que volvemos a nuestro curso, a nuestra casa, vemos que nos sentamos en nuestras sillas, y esperamos que suenen las ocho en las campanasnuestras notas de selectividad y encaramos la del cercano Santuario para que la clase comience.
Herramientas personales
Promociones